Ante las malas cifras de empleo, la caída de la recaudación impositiva y la contracción del Producto Interno Bruto, el gobierno constantemente ha pintado un panorama optimista. La semana pasada, las autoridades revisaron a la baja su proyección de crecimiento de 3,5% para este año, pero siguen esperando una expansión de 2%, una cifra muy diferente a las estimaciones del sector privado. Los economistas encuestados por el banco central prevén una expansión apenas por encima de cero.
"Hay una política intencional de fijar expectativas positivas. No pienso que el propio gobierno crea en sus cifras", dice Ilan Goldfajn, profesor de economía de la Pontifícia Universidade Católica, de Rio de Janeiro.
El gobierno dice que el país ha enfrentado la crisis en forma enérgica, incluyendo la concesión de préstamos de emergencia y de incentivos tributarios para comprar automóviles.
En los últimos años, Brasil ha sido uno de los mayores beneficiarios del dinámico crecimiento mundial y ha acumulado riqueza exportando minerales, carne de res y soya a Europa y Asia. La popularidad de Lula también subió a medida que el país creaba multimillonarios y, al mismo tiempo, expandía los programas de asistencia social para los pobres.
Eso ha dejado a Brasil bien posicionado para enfrentar la crisis. Su economía es relativamente cerrada, tiene unos US$ 200.000 millones en reservas y posee los recursos financieros para lanzar planes de estímulo "contracíclicos" como los de Estados Unidos y Europa, incluyendo préstamos baratos para las empresas.
Aun así, el bajón económico golpeó inesperadamente a Brasil a fines del año pasado y causó una contracción anualizada de 13,6% del PIB, un descenso de la producción industrial de 18,6% en diciembre frente a igual mes del año anterior y la pérdida de más de 700.000 puestos de trabajo entre diciembre y febrero.
El gobierno tardó en reconocer que el asombroso crecimiento económico podría haber llegado a su fin, o que al menos estaba en pausa. El ministro de Hacienda, Guido Mantega, sostuvo a fines de febrero que Brasil podría crecer 4% este año. Cuando Mantega reconoció que la improbable meta no sería alcanzada, uno de los principales diarios del país publicó un editorial diciendo que el ministro había sido "atropellado por los hechos".
El bajón económico presenta riesgos sustanciales para el Partido de los Trabajadores de Lula, que enfrenta una reelección el próximo año y ha apostado sus fichas a un gran gasto público y a las altas tasas de aprobación conseguidos durante seis años de buenas condiciones económicas.
La oposición ha detectado una oportunidad poco común para atacar al popular mandatario. "El presidente trató de contener la crisis con su boca, pero no funcionó", señaló el senador Sergio Guerra, presidente del partido opositor PSDB.
Encuestas de opinión pública divulgadas la semana pasada mostraron el primer descenso importante en dos años en las tasas de aprobación de Lula. Los analistas atribuyeron los resultados ?incluyendo una caída de 9 puntos porcentuales en la tasa de aprobación del gobierno brasileño, que bajó a 64%? al deterioro de la economía y la pérdida de empleos.
Los adversarios políticos de Lula también han apuntado sus dardos contra su jefa de gabinete, Dilma Rousseff, una ex militante de izquierda que está siendo preparada por Lula para que sea su sucesora en las elecciones presidenciales de 2010. Rousseff, ministra que está a cargo de un programa clave de obras públicas, manifestó la semana pasada que esos planes no se verán afectados por la crisis.
Guerra dijo que su partido apuesta a que el bajón económico dañará las posibilidades electorales de Rousseff. "No estará allí en 2010 como la candidata del éxito y la candidata del crecimiento, porque el éxito va a terminar", indicó.
Los políticos deben cuidarse de no dar la sensación de que están haciendo fuerza para que haya una recesión. Lula ha criticado reiteradamente a las fuerzas que, en su opinión, están "apostando contra Brasil", una referencia no muy velada a la clase acaudalada, que históricamente se ha beneficiado de las pronunciadas desigualdades económicas del país.
Alberto Ramos, economista de Goldman Sachs, cree que el gobierno ha mantenido un tono positivo para evitar que el sector privado recorte empleos e inversiones, una estrategia que, según él, es improbable que funcione. "Pareciera que estamos observando dos realidades muy diferentes", aseveró.
Por Antonio Regalado
Fuente: Lanacion.com